
Aquí el espacio y el tiempo se curvan insinuando ese invisible centro silencioso del que flamea el color, la luz y la sombra. Te invito a una danza sin límites, acto de soberanía, ver desde el ser y colapsar el devenir porque sentir es el secreto. Narrativa de barro y fuego que se precipita ante el pedido de escribir para este sitio, entre muchas, ésta, una autobiografía en rojo indio como ejercicio de escritura sensible.Entre pequeñas esferas jugosas nací un día después del primero de mayo de 1970 en San Juan, Argentina, para entonces la cordillera de Los Andes ya se insinuaba como línea vertebral, como militancia, como recorrido de sabiduría infinita y ancestral.

Del barro de las acequias aprendí su olor y texturas, de las frutas como el caqui el rojo maduro y los sabores sutilmente dulces, también las humedades interminables de las ciruelas bordó, de los perros sus movimientos, sus formas, el amor interespecies. De la vida entre parrales e hinojos silvestres aprendí, lo que luego llamaría, soberanía alimentaria, hasta mis diez años que mis padres se mudaron a la ciudad. Luego, sin dudarlo, estudié y me gradué como profe de artes plásticas en la universidad pública y gratuita, la Universidad Nacional de San Juan. Me moví por otras universidades nacionales, entre maestrías y especializaciones hasta que me detuve. Mientras tanto la docencia se iba constituyendo en acto creativo y cada vez más en acto político, veinticinco años en el Instituto de Formación Docente Continua de Villa Mercedes, provincia de San Luis; del que en breve me despediré, no sin nostalgia, para iniciar otra huella.

Me gusta el vino negro y el tabaco, vendí cuatro pinturas y regalé muchas más, expuse en bares, almacenes, en la casa de amigxs, en el laburo y también me dieron un modesto premio estímulo a la creación que atesoré. Me interpela el viento, los abrazos y las miradas sin tiempo, me convoca el barro húmedo entre los pies y su danza alfarera, la magia del fuego en los hornos diaguitas, los encuentros creativos multidimensionales, a mis cincuenta y cinco me estoy mudando hacia el océano profundo.
Saludos, Anali.